Autor Dalmo de los Santos
“Por definición, toda religión, toda fe, es intolerante, pues proclama una verdad que no puede convivir pacíficamente con otras que la niegan.” – Mario Vargas Llosa
Por definición, está cubierto de razón el gran escritor peruano, cuando coloca el problema de la intolerancia religiosa como reflejo de la enorme diversidad cultural que caracterizan a los pueblos y espejo de las mentalidades que también se diferencian dentro de los propios grupos sociales. En un artículo publicado en el periodico El Estado de San Pablo (11/07/2004), sobre el caráter laico del Estado y de la Unión Europea, habla con conocimiento de causa y hace la afirmación citada basándose en la experiencia histórica de religiones y filosofías y que fueron desviadas de sus bases originales para satisfacer intereses bien distanciados de aquellos deli-neados por sus creadores.
No importa la relatividad de esos conceptos – si religión o religiosidad, fe o creencia devoción o adoración – la repercusión de ese elemento cultural en la mente humana difícilmente podrá ser disociado del fanatismo, de los impulsos pasionales y del radicalismo emocional. No es al acaso que la sabiduría popular enseña que no se debe discutir religión y fútbol, si queremos preservar relaciones amistosas. Durante siglos fuimos educados para la intolerancia y para el radicalismo. Preconceptos religiosos fueron pacientemente enraizados en nuestro psiquismo y en el comportamiento, como piezas estratégicas para preservación de grupos y sistemas ideológicos. Hasta las grandes lecciones de fraternidad y tolerancia cayeron en el olvido y en el universo lendário. El propio Mahatma Gandhi, figura contemporánea de la Era Atómica, pare-cía en su época y aún hoy ser algo increíble, salido de las páginas de algún libro de mitología.
Mas somos, como categoría social humana, un complejo multicolor de ideologías y creencias, sea en forma de partidos políticos, de cultos religiosos, agremiaciones filosóficas o estilos de vida que consideramos atrayentes y afines con nuestra manera de ver el mundo, de actuar, de pensar y de sentir las cosas. En esos grupos procuramos respuestas, confort espiritual, acepta-ción, respeto, reconocimiento, todas las soluciones posibles para resolver nuestros conflictos interiores, nuestras carencias internas y externas, reparos de daños y traumas, en fin, la busca de la felicidad, de un Norte, de una plenitud, de la auto-realización. Es por ese motivo, inclu-sive, que constituimos familias - no importando cual modelo - y mantenemos viva la imagen del “niño” o de la “tribu” como símbolos de nuestra identidad personal y social. Nuestros niños y tribus continúan siendo nuestro principal motivo existencial, la referencia en la cual mantene-mos el pié de apoyo para dar todos los pasos importantes y decisivos en las experiencias vivenciales. Hasta las organizaciones criminosas o los grupos de hábitos considerados fútiles, cuando amenazados en sus intereses, reaccionan con sus ideologías, doctrinas, dogmas, tradi-ciones, raíces, ídolos, eventos históricos, como armas para justificar y legitimar sus necesidades y sus propias existencias. Veamos, por ejemplo, los recientes acontecimentos del 911, donde el terror tuvo la religión como principal fuente de motivación ideológica. “!Pero es una religión primitiva y atrasada!”, dirían los ateos o entonces aquellos otros que juzgan que su religión es superior a las demás. Como si el problema fuese la religión en sí, cuando en verdad es el comportamiento sectario embutido históricamente en las religiones y cofradías que alimentan esos flagelos de mentalidad. La intención de los atentados terroristas fue de orden político, mas los agentes ejecutores lo hicieron por una causa religiosa, o sea, la creencia de que serían recompensados en el otro mundo por haber actuado con renuncia y valor. Ello es histórico: basta recordar las monarquías teocráticas de todos los tiempos, los tribunales de la Inqui-sición, las cruzadas, el calvinismo europeo, los regímenes totalitarios en los años 30 y durante la Guerra Fría.
El grado de intolerancia demostrado por aquellos que hoy se suicidan por su creencia cierta-mente no es lo mismo que aquellos que discriminan, persiguen y expulsan sus compañeros de ideología, cuando estos comienzan a diferir de sus puntos de vista, pero las causas son idén-ticas: la incapacidad de comprender y convivir con la diversidad y de aceptar el principio de igualdad humana como ley universal. En las situaciones de conflicto, cuando el egoísmo y el orgullo predominan como fuente de poder, la igualdad y la humildad pasan a ser vistas como valores banales, de personas débiles y poco inteligentes. Cuando se trata de conflictos de creen-cia e ideología, ese factor humano de arrogancia y prepotencia asume proporciones más violen-tas, aun cuando disfrazadas por la cortesía institucional, por las apariencias jurídicas, por la hipocresía de las relaciones artificiales. Hemos visto eso acontecer en todos los sectores sociales, pero en los gremios religiosos ello acontece con más frecuencia y son más camuflajeadas con un fuerte tenor de hipocresía. En esos ambientes de oraciones, meditaciones, vibra-ciones, peregrinaciones, curas, ofrendas, canturrias y celebraciones, el camuflaje se torna más sutil y más eficiente en el juego de apariencias. Ahí la mente es capaz de realizar verdaderos prodigios de disimulación: sonreír y odiar; orar con la voz mansa y emotiva y, al mismo tiem-po, conspirar criminalmente para eliminar al adversario. Puede parecer chocante, pero es la misma gimnasia ideológica que hace al matón a sueldo rezar de rodillas para pedir perdón antes de cometer el acto insano.
Esa perversión de la fe y de la religiosidad sólo tiene una explicación: orgullo y egoísmo. Nadie consigue abrir mano de posiciones y posturas, de puntos de vista o de opiniones cuando está bajo el efecto de las apariencias, de la imagen artificial que posee de las cosas y de sí mismo. Es una dolencia existencial con fuertes elementos de orden emocional, como una herida infectada, cuya característica sobresaliente es el hábito sistemático de huir de la realidad y de mentirse a sí mismo. Cuando fingimos o disimulamos ideas y sentimientos, con la intención de ocupar es-pacio ideológico ingresamos inmediatamente en un juego peligroso, de difícil sustentación. De ahí el que sea muy común y constante el uso de expedientes engañosos, generalmente incompa-tibles con la ética religiosa o filosófica de los grupos que frecuentamos.
No es coincidencia también que la desilusión personal y la decepción con las contradicciones humanas son la mayor causa de la deserción de los adeptos de esos grupos. Desertamos a medi-da que caen los mitos, las apariencias, las imágenes distorsionadas: mitos que nosotros mismos creíamos, apariencias que dejamos nos ilusionaran, imágenes que construimos con distorsio-nes, según nuestros propios intereses inconscientes y límites psicológicos. Cuando eso aconte-ce, casi siempre colocamos la culpa en los otros, en los líderes, en las doctrinas, en los aconteci-mientos, sin jamás reconocer que nuestro punto de vista es lo que siempre fue el verdadero responsable por la conducción de nuestros sentimientos y actitudes.
Recientemente tuvimos la oportunidad de oír las quejas de un militante bien desilusionado con los espíritas, con los centros espíritas y con el Espiritismo. Bastante abatido con la derrota en una disputa en la cual, según él, entró de cuerpo y alma, en ningún momento reconoció el hecho de haberse dejado ilusionar, mas atacó con mucha propiedad todas las imperfecciones de las personas y de las instituciones envueltas en su triste historia. Recordamos los textos de “Obras Póstumas” y de la “Revista Espírita”, mas no tuvimos valor para recomendarlos en aquel mo-mento de disgustos y decepciones. Un poco desolados con esa historia de poder y gloria en una institución espírita, nos fuimos a consolar en las memorias de Kardec, repletas de experiencias sobre los problemas de la convivencia humana. Allí podemos observar como es posible em-prender esfuerzos para superar tendencias históricas, hábitos culturales e inclinaciones perso-nales que perpetúan el fanatismo y la intolerancia. La experiencia de Kardec prueba que es posible ir más allá de las definiciones, romper preconceptos seculares y avanzar cada vez más en el terreno de la libertad de conciencia. Las definiciones no son apenas artificios del lenguaje, sino herramientas precisas para identificar cosas, circunstancias y paradigmas predominantes.
Mas es preciso ir más allá, romper paradigmas, osar, como hicieron los demoledores de pre-conceptos en todas las épocas. Eran, es claro, personas de moral por encima de lo normal y de comportamiento diferente del promedio, mas todos tenían algo en común: eran seres humanos y jamás se dejaron esclavizar por ideas y creencias. Muy por el contrario, atacaron sus propias culturas en los puntos que consideraban frágiles e ilusorios. Budha atacó el deseo y la sensualidad que contaminaba la espiritualidad en su tiempo; Jesús se posicionó estratégica y heroica-mente contra la intolerancia, el fanatismo y el comercio de las cosas sagradas; Lao-tsé y Confu-cio emprendieron sus inteligencias contra la corrupción y el comodismo; Comenius y Pestalozzi vieron en la infancia un terreno fértil para plantar las simientes de la transformación del tiempo futuro y no solamente en el cultivo de las tradiciones del pasado. Allan Kardec demolió el materialismo y lo sobrenatural, reconstruyó la fe y rescató la religiosidad sin dejarse conta-minar por la ingenuidad mística o impresionarse con los “misterios” denominados “ocultos”. Martín Luther King, siguiendo los pasos de Gandhi, desmontó la farsa que encubría en su país el mito de la libertad y los derechos civiles.
Sería de una gran utilidad si nosotros, los espíritas, pudiésemos reflexionar sobre ese asunto y transponer sus conclusiones para los ambientes que frecuentamos y la ideología que cultivamos como fuente de realización. Podemos avanzar las definiciones y romper paradigmas. Como el Espiritismo no es religión – en ese sentido histórico sectario –, mucho menos fútbol, podemos discutir tranquilamente delicadas cuestiones ideológicas:
¿Cómo hemos cultivado el concepto de verdad en el Espiritismo?
¿Cómo hemos lidiado con el pensamiento divergente?
¿Hemos actuado dentro de la ética espírita cuando actuamos políticamente en sus insti- tuciones?
¿Al final, nuestra fe ha conseguido encarar la razón cara a cara?
*Dalmo Duque de los Santos es brasileño y maestro en Comunicación, bachiller en Historia y Pedagogía.

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