sábado, 1 de marzo de 2008

Religión e Intolerancia

Autor Dalmo de los Santos

“Por definición, toda religión, toda fe, es intolerante, pues proclama una verdad que no puede convivir pacíficamente con otras que la niegan.” – Mario Vargas Llosa

Por definición, está cubierto de razón el gran escritor peruano, cuando coloca el problema de la intolerancia religiosa como reflejo de la enorme diversidad cultural que caracterizan a los pueblos y espejo de las mentali­dades que también se diferencian dentro de los propios grupos sociales. En un artículo publicado en el periodico El Estado de San Pablo (11/07/2004), sobre el caráter laico del Estado y de la Unión Europea, habla con conoci­miento de causa y hace la afirmación citada basándose en la experiencia histórica de religiones y filosofías y que fueron desviadas de sus bases originales para satisfacer intereses bien distanciados de aquellos deli-neados por sus creadores.

No importa la relatividad de esos conceptos – si religión o religiosidad, fe o creencia devoción o adoración – la repercusión de ese elemento cultural en la mente humana difícilmente podrá ser disociado del fanatismo, de los impulsos pasionales y del radicalismo emocional. No es al acaso que la sabiduría popular enseña que no se debe discutir religión y fútbol, si que­remos preservar relaciones amistosas. Durante siglos fuimos educados para la intolerancia y para el radicalismo. Preconceptos religiosos fueron pacientemente enraizados en nuestro psiquismo y en el comportamiento, como piezas estratégicas para preservación de grupos y sistemas ideoló­gicos. Hasta las grandes lecciones de fraternidad y tolerancia cayeron en el olvido y en el universo lendário. El propio Mahatma Gandhi, figura contem­poránea de la Era Atómica, pare-cía en su época y aún hoy ser algo increí­ble, salido de las páginas de algún libro de mitología.

Mas somos, como categoría social humana, un complejo multicolor de ideologías y creencias, sea en forma de partidos políticos, de cultos religiosos, agremiaciones filosóficas o estilos de vida que consideramos atrayentes y afines con nuestra manera de ver el mundo, de actuar, de pensar y de sentir las cosas. En esos grupos procuramos respuestas, confort espiritual, acepta-ción, respeto, reconocimiento, todas las soluciones posibles para resolver nuestros conflictos interiores, nuestras carencias internas y externas, reparos de daños y traumas, en fin, la busca de la felicidad, de un Norte, de una plenitud, de la auto-realización. Es por ese motivo, inclu-sive, que constituimos familias - no importando cual modelo - y mantenemos viva la imagen del “niño” o de la “tribu” como símbolos de nuestra identidad personal y social. Nuestros niños y tribus continúan siendo nuestro principal motivo existencial, la refe­rencia en la cual mantene-mos el pié de apoyo para dar todos los pasos importantes y decisivos en las experiencias vivenciales. Hasta las organizaciones criminosas o los grupos de hábitos considerados fútiles, cuando amenazados en sus intereses, reaccionan con sus ideologías, doctrinas, dogmas, tradi-ciones, raíces, ídolos, eventos históricos, como armas para justificar y legitimar sus necesidades y sus propias existencias. Veamos, por ejemplo, los recientes acontecimentos del 911, donde el terror tuvo la religión como principal fuente de motivación ideológica. “!Pero es una religión primitiva y atrasada!”, dirían los ateos o entonces aquellos otros que juzgan que su religión es superior a las demás. Como si el problema fuese la religión en sí, cuando en verdad es el comporta­miento sectario embutido históricamente en las religiones y cofradías que alimentan esos flagelos de mentalidad. La intención de los atentados terroristas fue de orden político, mas los agentes ejecutores lo hicieron por una causa religiosa, o sea, la creencia de que serían recompensados en el otro mundo por haber actuado con renuncia y valor. Ello es histórico: basta recordar las monarquías teocráticas de todos los tiempos, los tribunales de la Inqui-sición, las cruzadas, el calvinismo europeo, los regímenes totalitarios en los años 30 y durante la Guerra Fría.

El grado de intolerancia demostrado por aquellos que hoy se suicidan por su creencia cierta-mente no es lo mismo que aquellos que discriminan, persiguen y expulsan sus compañeros de ideología, cuando estos comien­zan a diferir de sus puntos de vista, pero las causas son idén-ticas: la incapacidad de comprender y convivir con la diversidad y de aceptar el principio de igualdad humana como ley universal. En las situaciones de con­flicto, cuando el egoísmo y el orgullo predominan como fuente de poder, la igualdad y la humildad pasan a ser vistas como valores banales, de perso­nas débiles y poco inteligentes. Cuando se trata de conflictos de creen-cia e ideología, ese factor humano de arrogancia y prepotencia asu­me propor­ciones más violen-tas, aun cuando disfrazadas por la cortesía institucional, por las apariencias jurídicas, por la hipocresía de las relacio­nes artificiales. Hemos visto eso acontecer en todos los sectores sociales, pero en los gremios religiosos ello acontece con más frecuencia y son más camufla­jeadas con un fuerte tenor de hipocresía. En esos ambientes de oraciones, meditaciones, vibra-ciones, peregrinaciones, curas, ofrendas, canturrias y celebraciones, el camuflaje se torna más sutil y más eficiente en el juego de apariencias. Ahí la mente es capaz de realizar verdaderos prodigios de disimulación: sonreír y odiar; orar con la voz mansa y emoti­va y, al mismo tiem-po, conspirar criminalmente para eliminar al adversa­rio. Puede pare­cer chocante, pero es la misma gimnasia ideológica que hace al matón a sueldo rezar de rodillas para pedir perdón antes de cometer el acto insano.

Esa perversión de la fe y de la religiosidad sólo tiene una explicación: orgullo y egoísmo. Nadie consigue abrir mano de posiciones y posturas, de puntos de vista o de opiniones cuando está bajo el efecto de las aparien­cias, de la imagen artificial que posee de las cosas y de sí mismo. Es una dolencia existencial con fuertes elementos de orden emocional, como una herida infectada, cuya caracte­rística sobresaliente es el hábito sistemático de huir de la realidad y de mentirse a sí mismo. Cuando fingimos o disimu­lamos ideas y sentimientos, con la inten­ción de ocupar es-pacio ideológico ingresamos inmediatamente en un juego peligroso, de difícil sustentación. De ahí el que sea muy común y constante el uso de expedientes engaño­sos, generalmente incompa-tibles con la ética religio­sa o filosófica de los grupos que frecuentamos.

No es coincidencia también que la desilusión personal y la decepción con las contradicciones humanas son la mayor causa de la deserción de los adeptos de esos grupos. Desertamos a medi-da que caen los mitos, las apariencias, las imágenes distorsionadas: mitos que nosotros mismos creíamos, apariencias que dejamos nos ilusionaran, imágenes que construimos con distorsio-nes, según nuestros propios intereses inconscientes y límites psicológicos. Cuando eso aconte-ce, casi siempre colocamos la culpa en los otros, en los líderes, en las doctrinas, en los aconteci-mientos, sin jamás reconocer que nuestro punto de vista es lo que siempre fue el verdadero responsable por la conducción de nuestros sentimientos y actitudes.

Recientemente tuvimos la oportunidad de oír las quejas de un militante bien desilusionado con los espíritas, con los centros espíritas y con el Espi­ritismo. Bastante abatido con la derrota en una disputa en la cual, según él, entró de cuerpo y alma, en ningún momento reconoció el hecho de haberse dejado ilusionar, mas atacó con mucha propiedad todas las imper­fecciones de las personas y de las instituciones envueltas en su triste historia. Recordamos los textos de “Obras Póstumas” y de la “Revista Espírita”, mas no tuvimos valor para recomendarlos en aquel mo-mento de disgustos y decepciones. Un poco desolados con esa historia de poder y gloria en una institución espírita, nos fuimos a consolar en las memorias de Kardec, repletas de experiencias sobre los problemas de la convivencia humana. Allí podemos observar como es posible em-prender esfuerzos para superar tendencias históricas, hábitos cultu­rales e inclinaciones perso-nales que perpetúan el fanatismo y la intoleran­cia. La experiencia de Kardec prueba que es posible ir más allá de las definicio­nes, romper preconceptos seculares y avanzar cada vez más en el terreno de la libertad de concien­cia. Las definiciones no son apenas artificios del lenguaje, sino herramien­tas precisas para identificar cosas, circunstancias y paradigmas predomi­nantes.

Mas es preciso ir más allá, romper paradigmas, osar, como hicieron los demoledores de pre-conceptos en todas las épocas. Eran, es claro, perso­nas de moral por encima de lo normal y de comportamiento diferente del promedio, mas todos tenían algo en común: eran seres humanos y jamás se dejaron esclavizar por ideas y creencias. Muy por el contrario, atacaron sus propias culturas en los puntos que consideraban frágiles e ilusorios. Budha atacó el deseo y la sensuali­dad que contaminaba la espiritualidad en su tiempo; Jesús se posicionó estraté­gica y heroica-mente contra la intolerancia, el fanatismo y el comercio de las cosas sagradas; Lao-tsé y Confu-cio emprendieron sus inteligencias contra la corrupción y el como­dismo; Comenius y Pestalozzi vieron en la infancia un terreno fértil para plantar las simientes de la transformación del tiempo futuro y no solamen­te en el cultivo de las tradiciones del pasado. Allan Kardec demolió el materialismo y lo sobrenatural, reconstruyó la fe y rescató la religiosidad sin dejarse conta-minar por la ingenuidad mística o impresionarse con los “misterios” denominados “ocultos”. Martín Luther King, siguiendo los pasos de Gandhi, desmontó la farsa que encubría en su país el mito de la libertad y los derechos civiles.

Sería de una gran utilidad si nosotros, los espíritas, pudiésemos reflexionar sobre ese asunto y transponer sus conclusiones para los ambientes que frecuentamos y la ideología que cultivamos como fuente de realización. Podemos avanzar las definiciones y romper paradigmas. Como el Espiri­tismo no es religión – en ese sentido histórico sectario –, mucho menos fútbol, podemos discutir tranquilamente delicadas cuestiones ideológicas:
¿Cómo hemos cultivado el concepto de verdad en el Espiritismo?
¿Cómo hemos lidiado con el pensamiento divergente?
¿Hemos actuado dentro de la ética espírita cuando actuamos políticamente en sus insti- tuciones?
¿Al final, nuestra fe ha conseguido encarar la razón cara a cara?

*Dalmo Duque de los Santos es brasileño y maestro en Comunicación, bachiller en Historia y Pedagogía.

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